sábado, 10 de diciembre de 2011

Respuesta a Sergio Aguiló y Mauro Barrientos

En relación al cruce de correos del 29/11 entre los compañeros Sergio Aguiló y Mauro Barrientos, me permito enviar en adjunto algunas líneas que, aunque a destiempo, reflejan mis interrogantes sobre los supuestos en que parecen basarse las aseveraciones expresadas en dichos correos.

Saludos ciudadanos de

Luis Cruz Salas    


Sergio:

Después de muchas semanas sin poder acceder a la red, recién ayer he podido leer tu correo del 29/11 en el que polemizas con Mauro Barrientos, correo que no dejó de atraer mi atención por lo menos en tres puntos que van más allá – y que, al mismo tiempo, están más acá - de la cuestión contingente que motivó tu airada intervención:  la relación que estableces con el saber/conocimiento como fuente de legitimación de la toma de decisiones políticas; la relación con la historia y la relación con la Unidad.

Respecto al primer punto, señalas que la reflexión de Mauro, al cuestionar la decisión adoptada, refleja una profunda ignorancia histórica ¿Debo suponer, a partir de esto, que quienes adoptaron la decisión de “fusión” MAIZ-MAS disponían, por el contrario, de un profundo conocimiento histórico? En tal caso ¿las decisiones tomadas son legítimas en cuanto fundadas en el saber y las opiniones divergentes (las “reflexiones insolentes”) de Mauro son ilegítimas en cuanto fundadas en la ignorancia, en el no-saber? 

¿Suponen tus afirmaciones que la decisión política – es decir, el acto por el cual determinamos la acción a realizar en el terreno político, eligiendo entre varias alternativas, - debe ser adoptada a partir del saber histórico, del conocimiento que se tiene o se pretende tener de la historia de nuestras luchas, o en otros términos, de la cantidad de información que se tenga al respecto? Desde mi ignorancia de hombre de (tr)abajo – por la que te pido sinceramente perdón así como por la posible insolencia que pudieras detectar en mis cuestiones – quisiera preguntarte ¿cuándo tú decides algo en materia política, lo decides en función del saber que tienes del tema? O ¿no juegan en tu toma de decisiones políticas, así como en la de cualquier decididor, los  deseos, las aspiraciones, los intereses, las pasiones, la jerarquía de preferencias, la escala de valores, la utilidad o conveniencia de pronunciarse por tal o cual alternativa, la prudencia, el sentido común? En otros términos ¿no está implicada aquí, más que el saber, la voluntad, el querer y el poder hacer lo que se quiere, el compromiso de los sujetos? 

¿Y si viviéramos en un mundo fetichizado, en que las cosas y las instituciones, creadas o producidas por nosotros mismos, no hubieran adquirido vida propia y determinaran nuestras acciones y, por ende, nuestra toma de decisiones? ¿No pasa eso cuando decidimos en función de los amuletos, del mercado, de la pata de conejo, de las elecciones, del tocar madera, del zapato  del paciente del psicoanalista, de nuestros representantes, del dinero, del Estado, etc.? ¿No ocurre en nuestra moderna sociedad, como hace dos milenios, que del árbol... “se sirve el hombre para quemar, y toma de ellos para calentarse; enciende también el horno y cuece panes; hace además un dios y lo adora; fabrica un ídolo y se arrodilla delante de él… y le ruega diciendo: Líbrame, porque mi dios eres tú” como denunciara Isaías (44, 15-17)?

Tal vez no hay fiebre como parece decir Mauro ¿Y si se tratara de fetichismo? Y ¿si este, en vez de ser un mero problema de demencia no fuera un fenómeno social, presente en nuestra vida cotidiana, producto práctico de nuestras prácticas productivas, eficazmente práctico y prácticamente eficaz? De ser así ¿no significaría esto que la percepción (o saber) de las cosas de todos/as quienes vivimos en esta sociedad está marcada por el fetichismo y que la toma de decisiones está a su vez determinada por los  ídolos ante los que nos arrodillamos?  Pero ¿cómo salimos del fetichismo? ¿adorando a otros ídolos, delegando nuestro poder como ciudadanos a través del voto a nuestros representantes, los que una vez electos cobran independencia y autonomía respecto a aquello/as que los elegimos y a los que adoramos y rogamos diciéndoles Líbrame, porque mi dios eres tú? ¿o salimos mediante nuestra propia actividad crítico-práctica, mediante nuestras luchas, tanto las cotidianas como aquellas que libramos por una sociedad sin explotación, sin dominación y sin alienación?

Veamos otro aspecto del punto en cuestión. En la Antigüedad griega había quienes pensaban que “sólo los que-saben deben gobernar”; “los que no-saben deben ser gobernados”. Los que saben, mandan y los que no saben, obedecen ¿No piensas que es de este modo que consideran las cosas nuestros tecnócratas contemporáneos y que es también de esta manera que se expresaba la derecha sobre la Concertación entonces en el gobierno cuando la acusaba de “no saber”? ¿No te parece que afirmar que “el acto de decidir políticamente se funda en el saber” legitima la delegación de nuestro poder como ciudadanos/as/xs en manos de los especialistas, de los sabios, de los expertos, de los técnicos, de los profesionales, de “los que saben”, de los aptos, de los competentes, de los que tienen conocimiento de las cosas, de los cultos? ¿Y que, en tal caso, los ignorantes - entre los cuales me cuento -, los analfabetos, los ignaros, los iletrados, los inaptos (por ende, ineptos), los incompetentes, los incultos, los inexpertos, los indoctos, los legos, los obtusos, los profanos, no podemos tomar decisiones en lo que respecta a nuestras luchas, las que deben ser dirigidas, orientadas, iluminadas, mandadas por “los-que-saben”?

Por último, respecto a este punto: ¿el MAIZ debiera ser una entidad constituida, por una parte, por los-que-saben y que nos mandan a los-que-no-sabemos y, por otra, por los-que-no-sabemos y que debemos ser conducidos por los-que-saben? O ¿es una asociación de ciudadanos/ciudadanas/ciudadanxs que tienen una voluntad de empoderarse de sus condiciones de vida, en una perspectiva de emancipación humana, en pos de un horizonte de dignidad, de libertad y de igualdad?

Respecto a tu relación con la historia - me da la impresión que pretendes afirmar que dado que la izquierda supo en el pasado articular la lucha social con la lucha electoral, tiene que saber hacer lo mismo hoy y mañana ¿Lo que se hizo ayer tiene que hacerse también en el presente y y en el futuro? ¿significa eso que debe haber repetición infinita de lo mismo, que debemos afirmar lo existente en cuanto lo ya hecho, lo ya realizado? ¿Y si la historia fuera diferencia, novedad, emergencia de lo nuevo, acontecimiento, cambio, transformación, ruptura y no mera repetición?¿si fuera negación de lo existente, por tanto, superación de lo hecho a partir del hacer que estamos haciendo? ¿si el espíritu del tiempo presente fuera diferente al que había en el momento histórico en que  nos formamos, nos informamos, nos transformamos, nos conformamos y nos deformamos? ¿Y si así fuera, el indignado nuevo espíritu de este mundo no menos indignado, no nos estaría, a lo mejor,  invitándonos a seguirlo, diciéndonos que dejemos que los muertos – entierren a sus muertos y que es hora de que nos transformemos en vivientes ciudadanos/as/es activos, que nos empoderemos de nuestras condiciones de existencia, como sujetos sociales y políticos a la vez?

¿No se ha reducido el hacer político de los últimos veinte años a la repetición de la política como mera representación, con lo que el hacer colectivo se ha escindido entre el hacer de los representados que nos hemos limitado a elegir a nuestros representantes y el hacer de estos, que actúan de manera  independiente de lo que queremos los representados? ¿No ha sido la política simple delegación, acto repetido por el cual delegamos nuestra soberanía en nuestros delegados que ejercen su mandato por sobre nosotros, los mandantes? ¿No han tenido nuestros representantes - aquellos en quienes delegamos nuestro poder - el poder de actuar, incluso sobre nosotros, gracias al poder que nosotros mismos les dimos? Si el ídolo que llevamos en la procesión está más arriba de nuestras cabezas ¿no será porque nosotros lo llevamos sobre nuestros hombros? ¿si el ídolo se mueve,  no es porque nosotros/as/xs, los que portamos el altar, nos movemos? ¿si la sociedad cambia, no es porque nosotros, los de abajo – para no herir suspicacias de adherentes a otra barra brava: la alusión no es a la barra de la U sino que a los personajes de la novela homónima de Mariano Azuela – la estamos haciendo cambiar?    

¿La historia se repite? Alguien decía que sí, otro le agregó que una vez como tragedia y la otra como farsa. ¿Después de veinte años de repetición de viejas prácticas, de enterrar a los mismos muertos – la gente que no tiene fe -  no será necesario seguir al nuevo espíritu ciudadano, poner el vino nuevo en odres nuevos – cuando no se hace esto, se revienta el odre y se desparrama el vino - y no remendar con paños nuevos los vestidos viejos - de otra suerte, rasga lo nuevo parte de lo viejo, y se hace mayor la rotura(Mateo 9,16-17)- y no pretender repetir la historia? ¿si las elecciones, o lucha electoral como la denominas, fuera sólo algo secundario y no la actividad principal de la izquierda del siglo XXI? ¿si la lucha social no requiriera ni mediaciones ni mediadores?   

Con respecto al tercer punto que señalas, la cuestión de la unidad a todo evento, creo entender en tu texto esta unidad  como característica de la cosa que  no puede dividirse o que forma un todo homogéneo. Desde mi más profunda ignorancia histórica pregunto ¿La izquierda chilena del siglo XX no ha tenido una verdadera fijación en su Unidad como in-división, como homogeneidad, como lo contrario a la diversidad, a la multiplicidad, a la pluralidad, a la variedad, a la diferencia? ¿Aceptaba o no contradicciones en su seno (“contradicciones en el seno del pueblo” como diría un viejo guardia rojo)? ¿No pensábamos entonces que “el que no está por la Unidad, no está con nosotros y, por tanto, está contra nosotros”? 

¿La Unidad de la Izquierda, que no fue sino que el efecto de la unión en la acción, el resultado de las luchas sociales comunes no aparecían entonces como condición necesaria para cualquier acción y nos presentábamos el efecto como la causa,  lo condicionado como lo condicionante, el producto como el productor? ¿Cuántas veces nuestro sacrificio al fetiche de la Unidad no paralizó nuestras luchas? Pero ¿la Unidad como ídolo no fue también eficaz puesto que mucha gente luchó porque estimó que, como en Fuente Ovejuna, estábamos “todos a una”? Pero ¿estábamos realmente “todos a una”? Si la respuesta es no ¿pese a nuestra falta de unidad, avanzamos o no? ¿obligamos o no a nuestro enemigo de clase a sacarse la careta de la legalidad y a actuar en contra de nuestra potencia con la brutalidad conocida?
      
Pero ¿si esa Unidad como homogeneidad necesaria, posible y por ende, deseable en nuestras luchas de ayer, hoy día no fuera ni necesaria, ni posible ni deseable? ¿Y si hoy día, nuestras indignaciones fueran un conjunto heterogéneo de múltiples y plurales “estar en contra”, irreductibles a la Unidad, a la reducción a lo Uno-todo, a la homogeneidad? ¿si la Izquierda del siglo XXI hubiera pasado de ser un bien ordenado conjunto de obedientes y sumisos ortodoxos a un magma heteróclito de miles y miles de irreverentes heterodoxos y de irrespetuosos iconoclastas – unidos tal vez por la Internet – cuya potencia está en su diversidad, en la heterogeneidad, en la pluralidad?

Desde abajo, en nuestras luchas – que son económicas, políticas, sociales, culturales, todo eso a la vez, bien mezcladito -, para ir a la huelga como trabajadore/as ¿preguntamos a nuestros compañero/as si son de izquierda o no? Para marchar en contra del lucro a la educación ¿preguntamos a los otros “marchistas” si son marxistas? Para manifestar nuestra solidaridad con nuestros hermanos mapuche o para expresar nuestro descontento con el gobierno o para estar en contra de Hidroaysén o en contra de la especulación inmobiliaria ¿nos interesa saber si aquellos otro/as que están en contra son de derecha o de izquierda? ¿No nos basta con que estén también “en contra”? Buenamente ¿podemos decir que “aquel que no es en contra nuestra, con nosotros es”, como escribía un tal Marcos (9, 38)? Tal vez no sea así. Tal vez esto sea un nuevo ídolo, pero es en todo caso, lo que nosotros y nosotras estamos haciendo, conscientes de que la obediencia es siempre voluntaria, que el poder social no es algo que nuestros representantes tienen, sino lo que nosotros y nosotras instituimos.

Sólo la lucha nos hará libres
Saludos ciudadanos de
Luis Cruz Salas
Santiago, 8 de diciembre de 2011  

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