domingo, 18 de diciembre de 2011

La izquierda: certidumbres e interrogantes (III)

¿Qué o quién es el rey?
Me siento orgulloso de ser de izquierda, de haberlo sido, de seguir siéndolo y nunca he rehuido, cualquiera haya sido el momento de mi vida política, autodefinirme como “de izquierda”.


Nunca he inventado otros nombres para esa postura para hacerla más llevadera, restarle carga simbólica e histórica o favorecer la mera conveniencia electoral.
Es decir, si hubiera vivido en 1788, cuando tuvieron lugar los Estados Generales en Francia, me habría sentado a la izquierda del rey. Allí nació la denominación “izquierda”, para referirse a aquellos que eran opositores a la monarquía. Pero, ¿cómo se es de izquierda hoy? No hay una oficina de patentes que otorgue un certificado, más grave aún no hay un rey. ¿O lo hay?
Una posible respuesta es que sí y que ese rey es el estado. Las aguas, pues, se dividirían en torno al estado.
Este criterio me parece altamente dudoso y creo que valida el planteo neoliberal que presenta a la izquierda como parapetada siempre en el estado, contra el ciudadano, mientras la derecha aparece como amiga de la libertad.
Lo que ocurre es que la derecha encubre que aquella libertad a la que se refiere es la libertad económica.
En cuanto a la política, la posición neoliberal, por ejemplo en un país como Chile, ha sido favorecer el crecimiento del estado en su cara represiva y disciplinaria: más armamentos, más policía, más cámaras de vigilancia, más carabineros, más cárceles, más gendarmes, más aparato judicial, penas más altas, leyes más represivas de la protesta social.
Para mantener su orden la derecha necesita más estado. Debemos hacer, entonces, una excursión conceptual algo más profunda.
El mundo actual se caracteriza por la difusión casi planetaria de dos instituciones: el mercado, que llega hasta la China, y la democracia, que si bien no alcanza aún a esos territorios, es una aspiración declarada, un proceso en curso o una realidad, aún imperfecta, en gran parte del planeta.
Entonces, la pregunta que es preciso formular es si mercado desregulado y democracia se conjugan naturalmente, si calzan como piezas de bordes lijados y suaves de un rompecabezas infantil, o si, por el contrario, presentan contradicciones, asperezas, roces, que sólo un soberano y permanente ejercicio de toma de decisiones puede conciliar.
La respuesta es clara: no, no son naturalmente complementarios. La explicación es que sus fundamentos básicos discrepan.
El mercado sin regulación explora, registra y valora las diferencias económicas, lenguaje final al que traduce las de raza, sexo, posición social, sin siquiera preguntarse por sus orígenes.
Fuera del tiempo histórico y del marco social, opera con las dotaciones dadas de recursos de cada sujeto individual.
La democracia postula la abolición de las diferencias no naturales y en uno de sus momentos estelares, el sufragio, nos considera iguales a todos, lo que ciertamente es un supuesto literario, una fantasía, ya que no hay iguales absolutos en el género humano, al menos mientras la clonación no alcance un estado diabólico de perfeccionamiento.
Esta ficción, sin embargo, constituye una de las grandes conquistas de los últimos doscientos años. Un negro es “igual” que un blanco. Una mujer que un hombre. Un pobre que un rico. Es una conquista civilizacional.
Si bien mercado libre y democracia ofrecen al sujeto una virtual libertad de elegir, que no se realiza precisamente cuando el propio mercado la interviene, lo predominante es que nuestro universo cotidiano esté atravesado por la contradicción entre estas dos instituciones.
La contradicción entre la razón mercantil, que nos reconoce diferentes y trabaja para hacer efectivas esas diferencias con implacable eficacia, y la razón democrática que, voluntariosa, nos reconoce iguales. Ambas razones, ambas éticas, se proyectan con la aspiración de ser rectoras culturales de la vida colectiva.
El mercado ha existido siempre porque está relacionado con una noción básica para la convivencia humana: el intercambio. Pero el eterno y viejo mercado adquirió en la segunda mitad del siglo XX una fuerza inusitada y sin control que ha tendido a avasallar la democracia.
Aunque ambas instituciones son expansivas, el mercado posee un mayor automatismo en su capacidad de reproducirse. Si bien ambas tienen un carácter “pervasivo” -uso un anglicismo para significar capacidad de penetrar, de infiltrar – también en la intensidad de este rasgo ha triunfado el mercado.
En nuestro país son particularmente ilustrativas las relaciones del mercado desregulado con el ejercicio de la política y con los circuitos de información. La vinculación entre negocios privados y política, lobismo mediante, es un área aún no regulada.
Educación, salud, seguridad social, parecieran áreas ya ganadas por el mercado, si bien la razón democrática aún libra sus batallas. Otro fenómeno que ya está consolidado en la vida nacional es la relación entre política y farándula, que es una faceta de la invasión de la democracia por el mercado.
Los medios, particularmente los audiovisuales, pero también muchos escritos, han convertido al ciudadano en un espectador-consumidor.
La construcción de un imaginario colectivo centrado en la idea de la “entretención” ha obligado a los políticos a realizar cada vez más “actuaciones”, muchas veces asociándose a los personajes del jet set, a las estrellas del deporte, la teleserie o el programa estelar, so pena de convertirse en seres invisibles.
No justifico a los líderes o proyectos de líderes que adoptan esta conducta, tan solo trato de explicarme un comportamiento que nunca termina de sorprenderme.
Los foros entre políticos o sobre política desaparecen de los horarios televisivos estelares, de manera que un alto “rating”, es decir una alta exhibición, requiere un compromiso con animadores, bataclanas y humoristas, todos ellos ciudadanos con oficios respetables, pero que actúan en un rubro distinto de la política.
De esta manera el mercado desregulado y con el la razón mercantil desplaza a la razón democracia como rectora de los asuntos públicos, se hace pilar central de la cultura predominante y relega a un lugar secundario el concepto de igualdad, fundamental para la democracia.
Vivimos entonces una monarquía, la monarquía del mercado sin control.
El divisor de las aguas no es mercado sí o mercado no. En el mundo moderno ambas instituciones son inevitables, pero requieren una conciliación, un ajuste que no hace una mano invisible, una compatibilización. Y el modo de hacerla es clave: la razón democrática debe primar sobre la razón mercantil.
Seguimos allí, donde estábamos hace más de dos siglos, a la izquierda del nuevo rey, a la izquierda del mercado.
Líneas finales
Este libro es una recopilación de textos breves, de batalla, que problematizan la izquierda y abordan sus principales preocupaciones. Es necesariamente incompleto y también parcial.
Aunque entre los autores hay personas que adhirieron a las tres candidaturas presidenciales de 2009 que no eran de derecha, la mayoría apoyó la mía.
Por otra parte, con muchos de ellos comparto en estos días la tentativa de un nuevo proyecto político, mientras con otros transitamos por carriles diferentes aunque no necesariamente confrontados.
Agradezco a todos su disposición, particularmente a los que no concuerdan, por razones legítimas, seguramente distintas entre ellos, con el proyecto que hoy convoca mi energía.
Hay algo que nos une y que nos seguirá uniendo, incluso a pesar de nosotros mismos: queremos ser de izquierda.
Nota del autor. Este texto es parte de la recopilación de escritos políticos breves La (Re)vuelta de la Izquierda, Editorial Ocho Libros, Santiago, publicada en mayo de 2011. La editorial me ha autorizado para circularlo en formato digital indicando su procedencia. Si bien fue escrito hace siete meses, sus principales contenidos pudieran seguir siendo de interés.

La izquierda: certidumbres e interrogantes (II)

Izquierda de ayer, izquierda de hoy

Para referirse a la variabilidad histórica de los procesos sociales y su proyección, Mariátegui uso la expresión “ni calco ni copia”. La izquierda de mañana no será una copia de aquella de ayer.
De este modo , en Chile, la experiencia de la unidad socialista-comunista —en la que mi generación se formó – fue un gran logro político que se tradujo en el “allendismo”, sin embargo lo que es Chile hoy día es bastante diferente a lo que era hace medio siglo, más allá que algunos desafíos centrales sean plenamente vigentes.
La desterritorialización del capitalismo y la libertad de movimiento de los capitales han arrastrado al vértigo global a los grupos económicos chilenos surgidos de un proceso agudo de concentración. 
 Casi cuatro décadas de políticas orientadas por la filosofía económica inspirada en el libre mercado desregulado han generado cambios mayúsculos, instalando nuevos patrones culturales y modificando el perfil de clases de la sociedad chilena.
Entre otros cambios que sería largo enumerar, la izquierda debe computar la emergencia de amplios grupos y segmentos que no se sienten representados en el actual sistema político, ni siquiera por las posiciones que sustenta la propia izquierda.
Tampoco puede dejarse de lado la rapidez con que se construyen y ensanchan las brechas generacionales.
El área de los desarrollos cibernéticos es, quizá, donde más evidentes se hacen estas brechas, y el fenómeno lleva aparejada la necesidad de una valoración particular del significado de la revolución digital permanente y su impacto en las comunicaciones, la estructuración de organizaciones sociales y políticas y aquello que en la izquierda acostumbrábamos denominar como “formas de lucha”.
En este cuadro, para examinar un ejemplo de especial significación, domiciliar al Partido Socialista en la izquierda como aliado de las fuerzas que hoy la componen (desde mi perspectiva, un valioso objetivo), aún si se lograra, no daría cuenta del amplio arco que configuran hoy las fuerzas sociales, culturales y políticas que quieren un cambio profundo del modo de convivencia social hacia patrones de vida más igualitarios y más libres.
Hay importantes sectores ciudadanos cuyos sentidos comunes son claramente de izquierda y que aprobarían un buen test para establecerlo, pero no se sienten atraídos por nuestros partidos como los conocemos, tal como han sido concebidos.
Muchos de ellos se identifican más con causas específicas o con puntos de vista que podrían mejor calificarse como pertenencias “sociales”, y no aspiran a ser socialistas o comunistas o cristianos de izquierda, por valiosas que sean esas identidades (como lo son para mí, por ejemplo).
Esto no significa la obsolescencia de la forma partido como la hemos construido hasta ahora que, por lo demás, ha demostrado su capacidad de sobrevivencia y convocatoria frente a calamidades políticas de magnitud mayor.
Sólo quiero decir que aquellos que no se sienten atraídos por esta oferta de participación y lucha son un número creciente de jóvenes, en especial, que se van haciendo menos jóvenes mientras emergen otros jóvenes que heredan una desconfianza hacia la política y sus orgánicas que se va haciendo cultura. En esa sumatoria que es el torbellino generacional actual, distintas opciones de participar en política deben convivir.
Por eso la configuración de una izquierda como actor protagónico requiere de una fuerza política innovadora, capaz de producir un cierto nivel básico de organización y de soportar una expresiva diversidad de puntos de vista en su propio interior, y además de coaligarse con otras expresiones de izquierda que no deseen agruparse en ella.
De ahí que la entidad que hemos hasta ahora denominado, vagamente, “la nueva fuerza de izquierda” pretenda convocar tanto a organizaciones como a dirigencias y militancias sociales y a simples ciudadanos que tengan en común el anhelo de construir una fuerza anti-neoliberal que nazca con la vocación por hermanarse con las otras fuerzas de izquierda.
Se trata, entonces, de un nuevo vector político que no se satisface con su propio desarrollo, porque aspira no sólo a ser por sí mismo sino también a realizarse como parte de un gran conglomerado de su misma orientación esencial.
Si la constitución de esta nueva fuerza llega a ser exitosa (cuestión que no está garantizada) abrirá a la izquierda un espacio de desarrollo que hoy día no tiene. Se trata de la tarea prioritaria a la que he hecho mención.
Sin cumplir esa tarea todo acuerdo o pacto político o electoral podrá ser considerado como una concesión, toda participación en frentes o coaliciones podrá ser motejada como una anexión de la izquierda al mal menor del sistema de “alternancia binominal”.
Es claro que hay ciertos cambios cuyo impulso inicial tendrá que provenir de acuerdos mayoritarios, donde la izquierda deberá coordinarse con el centro o con los llamados “progresistas” o con sectores liberales, o que, en ciertas ocasiones, será preciso efectuar acuerdos electorales.
La derecha es por antonomasia el enemigo político de la izquierda, bastante más que las derechas sustitutas o complementarias con su séquito de cómplices o de imitadores.
Enfrentarla y cerrarle camino es (desde mi punto de vista) un deber ético, si bien esta visión no puede elevarse a la categoría de principio y serán las circunstancias concretas las que permitan determinar la forma y momento de hacerlo.
Sin embargo, una cuestión distinta es cómo y desde dónde se construye mayoría.Hoy la izquierda es un actor secundario en Chile.
Entonces el nudo de la cuestión es si los acuerdos programáticos o electorales se construyen desde el margen o si se apuesta prioritariamente a generar una fuerza que pueda abordarlos desde unas posición más central porque se ha hecho más fuerte al diversificar sus sensibilidades, concebirse como un conjunto y lograr convenir a lo menos una plataforma programática básica común.
En los últimos decenios la izquierda chilena sufrió cuatro derrotas que la sacudieron y fragmentaron.
La primera fue el golpe de 1973 y su despiadada secuela, la política de exterminio, literalmente exterminio, de aquello que había sido la izquierda en Chile, comunistas, socialistas, miristas, cristianos revolucionarios.
En paralelo se generó una yuxtaposición entre un proceso mundial hacia la consolidación del mercado como institución matriz y rectora de la sociedad y el régimen político chileno profundamente autoritario, que permitió el maridaje entre el liberalismo económico extremo y la “doctrina de la seguridad nacional”.

La segunda fue el revés que sufrió el Frente Patriótico Manuel Rodríguez y su estrategia insurreccional, cuando en 1986 se frustró el atentado contra Pinochet y en 1987 se descubrió el armamento ingresado por Carrizal Bajo.
La caída del muro de Berlín y el fin de los regímenes de partido-estado de Europa del Este, a partir de 1989, constituyó una tercera derrota que si bien golpeó con más fuerza al movimiento comunista, sacudió también a las variantes socialistas y socialdemócratas de todo el mundo.
Cuarta, la derrota de los socialistas chilenos que tras veinte años en el gobierno, la mitad de ellos con presidentes de la República de su propia matriz, no sólo no pudieron reequilibrar a la Concertación hacia la izquierda sino que, al revés, la Concertación los sometió a un esquema de prudencia, conciliación y conformismo.
La izquierda, bifurcada entre la inclusión y la exclusión política, perdió la fuerza histórica que había acumulado en las primeras siete décadas del siglo XX. Este fenómeno, también universal, ha tenido en Chile características extremas, considerando que el movimiento popular chileno fue uno de los más activos y potentes de América Latina.
Un paso decisivo en el proceso de recuperación sería construir una fuerza de izquierda moderna, futurista, orgullosa de su pasado honroso y con la mirada puesta adelante, capaz de promover un acercamiento de todas las opciones de izquierda y de aliarse con aquellos con los que existan coincidencias de proyecto y de formas para impulsarlo.
¿Qué tipo de nueva fuerza?
Una fuerza efectivamente nueva debe romper los moldes habituales del asociacionismo político. Una novedad, en Chile, ha de ser la capacidad de congregar grupos políticos organizados ya existentes con agrupamientos o dirigencias de agrupamientos sociales (sindicales, de género, estudiantiles, poblacionales, ecosocialistas, por la diversidad sexual, barriales y otras) y, también, con simples ciudadanos que participen a título personal.
Esa idea central necesita de una estructura orgánica que es preciso inventar, que continuamente vaya generando los ajustes necesarios para evitar o al menos remediar parcialmente las tendencias propias de las organizaciones a generar castas o conducciones elitistas o personalistas o burocracias que armen un poder que sustituya la decisión participativa de los integrantes de la organización.
Se trata de una orgánica que incluya a todas las sensibilidades sin que ninguna pueda llegar a controlar por si misma esa estructura.
En otros términos, para ensayar una definición provisoria, pienso en un movimiento asociativo mancomunal (asociación de personas, fuerzas o caudales para un fin, reza el diccionario) y solidario (contrae obligaciones y promesas en común), una suerte de movimiento “de código abierto”, por así llamarlo, que respete razonables diferencias, adopte un criterio general favorable a la inclusión de quienes se sientan identificados con sus planteos principales, genere entendimientos internos y externos y proponga y ejecute acciones que generen convergencia.
Un requisito indispensable para un cuerpo de este tipo es que la identidad de las partes no se vea amenazada por el conjunto pero, al mismo tiempo, no se sobreponga el interés particular a los del colectivo.
No es una novedad, pero la reafirmación de las políticas de “acción positiva”, como las cuotas mínimas, más allá de sus limitaciones, sigue siendo indispensable, particularmente en materia de género y de presencia generacional.
Este último aspecto se funda en la percepción que si es posible un encantamiento o reencantamiento, una “nueva” fuerza debe construir una posta generacional donde los capitales políticos acumulados por los sujetos de más larga trayectoria no signifiquen una sombra respecto de los que emergen.
No se trata de una visión “etaria” de la política, sino de la necesaria mirada colectiva a un horizonte que no es individual sino común. En esta materia, es también indispensable abrir las puertas a todos los jóvenes que tengan más de 15 o 16 años y a todos los ciudadanos potenciales estén o no inscritos en los registros electorales.
Esta fuerza mancomunal y solidaria tendrá que intensificar la presencia y vinculación con las organizaciones de base territoriales o sociales, aprovechar todos los espacios comunicacionales por pequeños que sean, crear movimiento social y nuevas organizaciones. Los adherentes debieran comprometerse a participar a lo menos en una organización social como requisito de pertenencia.
Más horizontalidad, menos verticalismo, deben ser características de una nueva fuerza de izquierda. Eso significa, claramente, la necesidad de descentralizar y reconocer autonomías. Este es, sin duda, el caso de las regiones.
Mientras el estado permanente de asamblea deriva muchas veces a un ejercicio discursivo interminable y mucha acción espontánea que, aunque tenga fuerza, no genera efectos perdurables, la opción “centralista democrática” de la izquierda más clásica no satisface como modelo para una “nueva fuerza”.
Es preciso ir construyendo, en aproximaciones sucesivas, mediante el método de prueba y error, un equilibrio entre el máximo grado posible de participación y el nivel necesario de dirección política. No hay una receta, pero creo que los límites de tiempo al ejercicio de cargos de dirección, la rotación de esos cargos, la revocabilidad de los mandatos y la obligación de rendir cuenta, son elementos indispensables.
Sobre la participación electoral no tengo duda alguna. Una nueva fuerza de izquierda no debe abandonar ningún territorio, entre ellos las elecciones. Son un momento, en la pobre democracia chilena, en que se alcanza un mayor grado de politización y es posible exponer ideas y mensajes con mayor extensión y alcance. En general, la izquierda debe siempre levantar su bandera, no dejar espacios vacíos, no renunciar a oportunidades legítimas de proponer sus puntos de vista.
Esta certidumbre no significa que una “nueva fuerza” deba registrarse legalmente como partido político en la actual ley de partidos.
Para mí, esta es aún una interrogante frente a la cual puedo elaborar argumentos a favor y en contra. Es un hecho que el actual sistema, concebido en el marco de los objetivos de la Constitución pinochetista de 1980, ha dado a los partidos un poder viciado por la existencia del sistema electoral binominal.
Sólo los partidos pueden presentar candidatos presidenciales, parlamentarios y municipales, sin necesidad del engorroso y costoso deber de recolectar firmas notariadas (los partidos lo hacen sólo una vez, para llegar a existir legalmente).
En el lenguaje del binominalismo, los partidos son los dueños de los ansiados “cupos” en las listas parlamentarias. Para dejar de pertenecer a un partido los afiliados deben formalmente renunciar, no obstante pueden estar afiliados de por vida por el sólo hecho de haber firmado una vez su afiliación.
Los afiliados no pueden presentarse fuera de su partido, a menos que se desafilien dentro de plazos legales (en estos momentos en proceso de modificación para dar aún más poder a los partidos) y se presenten como independientes (previa la recolección de firmas).
En el hecho, no existe la “división de los partidos” ya que toda disidencia, si pretende existir orgánicamente, debe existir de hecho —sin los atributos legales— o inscribir un nuevo partido.
El partido posee un patrimonio que queda al cuidado de la mayoría que lo gobierne y a sus decisiones de inversión, en el caso de patrimonios cuantiosos que generan rentabilidad.
Modificaciones legales posteriores a la legislación original establecieron el financiamiento público de parte del gasto electoral que realizan las candidaturas (en el hecho los partidos que los inscriben), mecanismo que busca dar sustento material, una cierta equidad en materia de campañas y transparencia a la actividad política (nobles propósitos) pero que está lejos de cumplir sus objetivos.
En la última elección presidencial por cada peso que gastó la izquierda, la candidatura MEO gastó 9, la de Frei 15 y la de Piñera 32 (de acuerdo a las declaraciones oficiales). Con todo, el aporte público es, en la práctica, el único sostén de las candidaturas de izquierda y, en ese sentido, debe ser valorado.
Las leyes electorales, junto con el sistema binominal, deben ser radicalmente sustituidas por una legislación más democrática y de más respeto al ciudadano. Siendo así, ¿corresponde a una fuerza que aspira a innovar en la política recurrir a este mecanismo obsoleto y que genera partidos que giran en torno a los “cupos” y al dinero?
Por otra parte, los argumentos para una respuesta favorable son varios. Pero el punto, a mi juicio, debe ser otro: ¿podrá una nueva fuerza política inscribirse como partido legal sin derivar en una organización pura o principalmente electoralista? ¿Podrá comprometerse efectivamente a llevar adelante una política de desarrollo en la base, en el mundo social, y al mismo tiempo enfrentar tareas electorales? Eso es lo que hay que dirimir.
En todo caso, en la búsqueda de una respuesta no debemos partir de una falsa contraposición entre la ocupación del espacio electoral y del espacio cultural y social.
Es claro que para ser una fuerza política con peso electoral no se precisa ser partido legal y que, a la inversa, como ocurre en muchos casos, se puede ser partido legal y casi no tener significado social.
Un referente político, social y cultural nuevo podrá llevar candidatos aun no estando inscrito como partido y su significado (para el país y también para sus eventuales aliados) corresponderá a su desarrollo, a su presencia ciudadana, a sus liderazgos y a su capacidad de convocatoria.
Uno de los temas recurrentes en la construcción de un nuevo referente de izquierda es si habrá o no pactos o acuerdos con fuerzas que no lo sean.
Mi posición es clara y ha sido más arriba reiterada: debemos tener una política de alianzas.
Para decirlo de otro modo, no comparto el punto de vista que veta la posibilidad que la izquierda alcance en determinados momentos y circunstancias acuerdos con otras fuerzas.
Una materia distinta es cómo y cuándo se hacen esos acuerdos, para qué y por qué.
Este es un debate propio de una organización constituida y no puede ser dilucidada como cuestión de principios. En la discusión hay un criterio que me parece fundamental: si queremos proyectar una izquierda con ambición protagónica no deberemos dejar espacios electorales vacíos.
Siempre, a menos que muy fundadamente haya razones que lo justifiquen, la izquierda debe tener sus propias candidaturas.
Nota del autor. Este texto es parte de la recopilación de escritos políticos breves La (Re)vuelta de la Izquierda, Editorial Ocho Libros, Santiago, publicada en mayo de 2011. La editorial me ha autorizado para  circularlo en formato digital indicando su procedencia. Si bien fue escrito hace siete meses, sus principales contenidos pudieran seguir siendo de interés.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

La izquierda: certidumbres e interrogantes (I)

Escrito por JORGE ARRATE.


¿Queremos una izquierda poderosa? ¿Cómo la queremos? Una izquierda que quiera construirse —o reconstruirse— requiere la voluntad de ser y el deseo de nombrarse. No basta declarar la ambición de existir, es preciso decirlo y actuar.


Esta exigencia es ineludible porque el conjunto de ideas, historias, sentimientos y esperanzas de futuro que la constituyen es prácticamente el único acervo de la izquierda.

Sin voluntad y amor propio, por lo tanto, simplemente no hay izquierda, la izquierda no será. Habrá partidos, movimientos, grupos, pero no izquierda.

Si examinamos los anales del movimiento socialista (en su sentido más amplio) constatamos que su existencia, desde que la izquierda fue reconocida como tal en los Estados Generales durante la Revolución Francesa, se ha caracterizado por la diversidad de puntos de vista.

Dicho de otro modo la izquierda no es un solo ente o formación, es una sumatoria posible de diferencias que pueden llegar a identificarse en un común denominador.

En el actual Chile uno podría imaginar una izquierda congregada en diversos grados de entendimiento, mayores o menores, sobre la base de cuatro o cinco grandes objetivos y de algunos criterios sobre cómo avanzar hacia ellos.

¿Será posible? Mi respuesta es que no lo sabemos, que aunar a todos aquellos que se reclaman de izquierda sería difícil, pero que constituir una izquierda protagónica, más potente que la actual hasta el punto de ser un actor social y político ineludible, es una tarea prioritaria.

Hay casi una mitad de los ciudadanos chilenos, la mayoría jóvenes, que no participan en este modelo político, y una izquierda recargada puede ofrecer una esperanza nueva.

Por otra parte, la Concertación ha perdido vigor y prestigio y hay millones de chilenos que la han apoyado durante dos decenios y que no están conformes con su cometido, entre ellos mucha gente que se siente y declara de izquierda.

Desde otra perspectiva, menos voluntariosa y más fundada en el diagnóstico de la actual realidad política, no empeñarse en conformar esa izquierda que aspira a ser actor principal, facilitaría la imposición de un régimen político de “alternancia binominal” de largo respiro que cerraría las posibilidades de desarrollo de un movimiento popular unitario o, al menos, coordinado.

Admitamos que el principal fracaso de la Concertación no es la derrota presidencial del 2010 sino su ineficacia, por diversas razones, para construir en Chile una democracia participativa fundada en principios y normas discutidos y sancionados por la ciudadanía, una democracia abierta a cambios políticos y socio-económicos en la matriz que constituye el estado.

La declinación de este objetivo fundacional y emblemático fue gradual, progresiva e incurable.

La victoria de Piñera el 2010 fue un corolario penoso, más aún porque fue un desenlace oportunamente advertido. Puso término a una etapa sustentada en el sistema electoral binominal como riel conductor, etapa que permitió a la derecha crecer, convertir su poder económico y mediático en preponderancia política, y alcanzar una mayoría entre las chilenas y chilenos que votan.

Entre 1989 y 2009 la Concertación había repudiado los pactos electorales con la izquierda no concertacionista, pactos que pudieron generar mayorías parlamentarias suficientes para modificar al menos las leyes orgánicas constitucionales, y sólo los concretó cuando el cálculo electoral y las encuestas indicaron que le eran sin duda indispensables.

En 2005, cuando la figura detestable de los senadores designados dejó de ser útil a la derecha y pudo utilizarse como pragmático instrumento para configurar una mayoría potente en el Senado, la Concertación, asombrosamente, concordó una reforma constitucional (denominada por sus promotores como una “nueva constitución”) que eliminó los senadores por designación sin modificar el sistema binominal, reafirmando así este mecanismo arbitrario y letal para la democracia.

Se ha cerrado la etapa de expansión de ese sistema. La derecha creció y superó la mitad más uno de los votantes, un gran éxito si se considera que en el Chile predictadura captaba aproximadamente un tercio de los votos.

En dictadura cimentó su poder en el manejo del temor y en la conformación de una extensa red de clientelismo impulsada principalmente por los alcaldes no electos designados por Pinochet.

Alcanzó un 44% en el plebiscito de 1988. Luego comenzó a crecer, a estabilizar sus conflictos internos y a plantear su proyecto más abiertamente, fundada en un poder mediático que sus adversarios de centro y de izquierda no fueron capaces de contrapesar, con la complicidad de los sectores concertacionistas que fueron progresivamente aceptando o acomodándose al sistema político heredado y tan sólo remozado.

Estamos ahora en otro momento, en que las fuerzas de derecha que sustentan el modelo económico y político y las direcciones concertacionistas marcadas por el conformismo y la renuncia a sus programas originarios, buscan consolidar un régimen de “alternancia binominal”.

Ya no se trata sólo de sostener un sistema electoral abusivo y deformador, que ha tenido un impacto político definitorio, sino de instaurar permanentemente un régimen político irreversible en que dos opciones cuyas diferencias están acotadas se alternan en el ejercicio del poder público: la derecha y el centro concertacionista.

Cualquiera sea la opción que triunfe en las elecciones, más allá de sus diferencias, su acción apuntará a la mantención del modelo económico, a la consolidación de una cultura mercantilista, uniformadora y acrítica, a un funcionamiento de ritmo reducido de la sociedad organizada y a la imposición de una idea de “orden público” que limita las libertades individuales y colectivas.

Una vez asegurado, un régimen de “alternancia binominal” se transforma velozmente en un “hoyo negro” que absorbe, aplaca o reprime toda minoría que se resista, la integra al sistema aún en contra de la voluntad de los disidentes o la disuelve en un agotador fraccionamiento que fortifica entre sus integrantes la percepción de la propia y fatal impotencia.

En ese esquema la izquierda está condenada a ser, en el mejor de los casos, un actor secundario.

Para impedir la configuración de este sistema, que cierra las puertas de cambios mayores y mantiene márgenes de disputa que no admiten pretensiones transformadoras, es preciso que emerja con potencia otro protagonista que levante un programa que implique orientar la sociedad en una dirección distinta, más igualitaria y libertaria.

La actual izquierda, social, cultural y política, y todos los que aspiramos a otro modo de vida y a un desarrollo equilibrado entre los seres humanos y la naturaleza, tienen la responsabilidad de generar y sustentar ese actor indispensable.

Pero, ¿si construir izquierda es prioridad, qué ocurre con el objetivo de derrotar a la derecha?

Un imprescindible horizonte
¿Cómo sería el paisaje si no hubiera horizonte? Es difícil concebirlo. Ocurre con la izquierda: sin horizonte no hay política en el sentido pleno de la palabra. Puede haber objetivos, propósitos, acciones, pero por más positivos que sean si no se orientan hacia un horizonte no existe política de izquierda.

Así como no hay una pintura sin fondo, tampoco puede haber una izquierda carente de horizonte.

Esa era la noción de la política que impulsó a muchos de mi generación a comprometerse vitalmente con ideas, militancias, partidos y episodios de lucha social.

Para expresarlo de otro modo, puede denominarse “política” a lo que se quiera, pero para la izquierda el término deberá estar referido al conjunto de acciones, intelectuales o prácticas, que se emprenden colectivamente en pos de aspiraciones compartidas, generalmente de largo plazo, que configuran un horizonte, una línea de llegada, por esquiva que sea. Esa política es, además, un modo de ejecutarla, un modo con un sentido sustantivo que va más allá de los ejecutantes.

Los actores políticos procuran aproximarse a ese confín, como el nadador que se dirige hacia la línea móvil que construye la potencia de su mirada y que, por eso mismo, nunca logra alcanzar. Norbert Lechner llamó bellamente a este proceso: “la nunca acabada construcción del orden deseado”.

Para los conservadores también existe un horizonte porque una sociedad vive en cambio permanente, y por supuesto el mundo en que está inserta.

Su horizonte es definir ciertas cuestiones básicas como naturales y perpetuas, preservar lo que definen como esencial, encaminar los procesos sociales inevitables dentro de una cierta ruta estable. El objetivo de los conservadores es sustentar las estructuras fundamentales de la organización social jerarquizada que existe actualmente.

Para la visión de izquierda, sea ella revolucionaria o reformista o simplemente rebelde, la cuestión es mucho más difícil.

La izquierda imagina el horizonte, o lo adivina o lo inventa, o lo deduce de un análisis histórico, pero es un horizonte que no tiene hasta hoy un referente indiscutido a la escala de la sociedad real.

La izquierda aspira a subvertir el orden de las cosas para sustituirlo por otro orden, deseado pero, en realidad, sólo concebido o sólo en parte conocido porque las experiencias de construcción de una sociedad diferente, socialista, han sido polémicas y necesariamente imperfectas.

Y seguirán siendo: el sendero hacia ese horizonte no es transparente, se asemeja más a un neblinoso territorio de arenas movedizas que ningún explorador ha podido recorrer sin dificultades, desvíos o extravíos. Para aquel territorio no existe una cartografía acabada.

No es posible concebir una política de izquierda sin esa perspectiva, visión de futuro o utopía, como quiera llamársele. Mientras la derecha tiene que urdir un horizonte y camuflarlo para que no se advierta que en definitiva es, en lo esencial, lo mismo que existe, la izquierda no puede despojarse de él a riesgo de perder su indispensable identidad transformadora.

Dicho esto: sin izquierda o con una izquierda débil, Chile no tiene otro  horizonte que aquel, esencialmente inmóvil, que ofrece la derecha y su engañosa alternancia.

Sin embargo, para algunos la idea del horizonte se ha convertido en algo casi ritual, una repetición obligada de conceptos que se han tornado imposibles pero que no es posible dejar de lado.

El pensamiento uniforme que ha pretendido imponer el capitalismo neoliberal no admite otros horizontes que no sean el propio. Ese hecho, de alcance universal, ha horadado la confianza de la izquierda en sus propias ideas y, sumado a la incapacidad de innovar y el apego a esquemas fracasados, las ha debilitado.

En ese marco los logros del  Foro Social y su promesa “otro mundo es posible” se han constituido en referente indispensable para toda tentativa de reconstrucción de fuerzas nacionales o internacionales claramente anticapitalistas.

En ese mismo cuadro, las experiencias de gobiernos encabezados por fuerzas no capitalistas o reformadoras en América Latina del siglo XXI, adquieren un valor extraordinario.

Tanto Lula y el Partido de los Trabajadores en Brasil, como Tabaré, Mujica y el Frente Amplio uruguayo, han hecho su aporte, como también el justicialismo de izquierda encarnado por Kirchner en Argentina.

Chávez en Venezuela ha reinstalado la dimensión latinoamericanista de la política en nuestro continente y la idea del socialismo —“del siglo XXI”, advierte razonablemente para rechazar de este modo la creencia que el pretérito pueda servir como modelo de futuro.

Evo en Bolivia ha llevado al gobierno a los movimientos sociales y ha contribuido al rescate y vigencia de las diferencias étnicas y culturales y a valorar su plena existencia. En Ecuador el “buen vivir” es el modo propio y original de denominar esa otra sociedad posible que, en la tradición chilena, denominamos socialismo.

El horizonte de la izquierda hoy es desde ya más amplio, más extenso, en la medida en que dimensiones antes sombreadas por la contradicción entre burguesía y clase obrera, se han incorporado a su ideario.

Me refiero, entre otras, a la dimensión de género, a la asunción de la diversidad de opciones sexuales como un derecho, y a la trascendente concepción que modifica radicalmente el concepto de desarrollo incorporando la idea del equilibrio entre las necesidades humanas, la producción y la naturaleza y las opciones de crecimiento o decrecimiento selectivo.

Esa amplitud lo hace aún más variado y diferenciado y obliga a plantearse la idea de la diversidad como un rasgo positivo y necesario para una fuerza de izquierda.

Pero, si bien el horizonte es más amplio, ¿no es acaso más distante? A veces pareciera que la respuesta a esta cuestión es positiva. Los mecanismos que tienden a uniformar las formas de pensar o, para usar la ya antigua categoría, que sustentan “el fin de la historia”, inducen incluso a sectores de izquierda a mirar el horizonte como un imposible. Pero no lo es.

La historia es siempre sorprendente, como lo ha demostrado ya el siglo XXI en su breve recorrido, que acumula al ataque terrorista a las Torres Gemelas, el levantamiento de pueblos de países árabes en busca de más derechos democráticos, la crisis vigente y siempre latente de un sistema capitalista que ha fundado su supervivencia en la depredación de la naturaleza y, ahora, en la inercia del neoliberalismo triunfante que en los últimos años se bate en retirada.

No es mi intención hacer profecías optimistas, sólo decir que la lucha por otra sociedad, otro modo de convivir y de relacionarnos, nunca es una lucha en vano.